De la sinceridad del vínculo

Un encuentro casual en la estación de tren.

Lluvia y Taquitos en el barro.
Oportunidad para que ocurra lo desconocido…
en medio del misterio de la lluvia…
Paradójico ritual.

¡Ignorantes!
El vínculo entre dos personas que no se conocen se distingue a la legua.
Preguntas incómodas.
Y Taquitos en el barro.

José Manuel Espeche y Soledad Seoane componen dos personajes que se encuentran en la estación Victoria. Sus cuerpos dialogan a la distancia. Una mujer a la defensiva y un señor por demás curioso, que no deja de mirar.

Mujeres como yo… ¿Cómo son las mujeres como yo?
Un texto nos sumerge en una de las problemáticas más vigentes.
“Mujeres como…” ¿Mujeres u hombres? Generalidades adversas.
Taquitos en el barro es cuestionamiento de la generalidad: ¿Hasta qué punto podemos hablar de “hombres como…”, “mujeres como…”? El debate se vuelve interesante, pero también se instala en un lugar complejo… el de la defensiva.

Estos dos personajes se encontrarán en escena, en medio de circunstancias dadas (la espera de un tren, el diluvio de afuera, la desolación, etc.). Mora baila el tango… tuvo una gran decepción. Y Servando es víctima de una gran adicción. Personajes completamente distintos enfrentan la misma situación: la espera del tren. Desesperante situación, por cierto, donde el tiempo resulta eterno.

El texto y la dirección de Rubén Mosquera han sido fruto de un trabajo de mucha precisión. Destacable, como primera medida, el sostén de la acción y el diálogo durante el tiempo que dura la obra: no es sencillo mantener la atención del público alerta sin cambios bruscos de escena o espacios de ficción. El director ha sabido manejar los distintos climas en diversos momentos de la obra y el cuidado y delicadeza en los cuerpos de los actores sumaron al objetivo.

Siempre pensé que cuando llovía nada podría pasarme.
Mágicos momentos de “aparte” y cambios de ritmo hacen de la puesta un conjunto de ricos momentos dinámicos entre sí. No hay complicaciones mayores: la honestidad en la acción y la sinceridad en la actuación son características primordiales.
Taquitos en el barro se basa en la aceptación de los personajes y de lo que las circunstancias generan en ellos. Son lo que son. No más, no menos. Vemos a través de sus ojos y sus palabras. La magia del “aparte” se instala y podemos imaginar con ellos.

¿Será que ni para orín sirvo?
Un condimento importantísimo de humor tiñe la escena. Está en José manuel Espeche, donde se combinan la ternura y la ambigüedad. El actor llevará al cuerpo una contradicción tan fuerte como la que instala la moral: “Podría ser tu hija”.

“Es como si la lluvia hablara…”
En Taquitos en el barro la lluvia es circunstancia pero también es metáfora, también es señal. Ahí donde sube la tensión en la escena aumenta el volumen del sonido, donde “se calman las aguas”, disminuye. La iluminación a cargo de Daniel Zappietro, genera climas diversos por el propio contraste de los colores. De los azules pasaremos a los colores más cálidos; de los climas más íntimos al color rojo durante el aparte y la transición. Sumando el sonido de Ricardo Roldán y el vestuario y escenografía de Vanesa Abramovich, Taquitos en el barro se convierte en una experiencia sumamente placentera para el espectador; encuentra identificación sublime en el tango: lenguaje universal por cuanto se trata de música, idioma particular por cuanto recorre nuestro suelo natal.

Micky Gaudino



FICHA TÉCNICA:
Actores:
José Manuel Espeche,
Soledad Seoane
Dirección:
Rubén Mosquera
Escenografía:
Vanesa Yael Abramovich
Iluminación:
Daniel Zappietro
Vestuario:
Vanesa Yael Abramovich
Dramaturgia:
Rubén Mosquera

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